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La pelota es pasatiempo, profesión y escalera para el ascenso social

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Tony Peña. Cuando se dice que lo ha hecho todo, se piensa en la pelota, pero cargaba plátanos antes de firmar. Cesarín. Iba a ser cura, jugaba softbol, caso único, y vivía en el limbo al firmar.

El Día
Por: Miguel Febles
Publicado el 1 septiembre, 2020

Cesarín hizo carrera en el beisbol, el cual transformó su vida.
SANTO DOMINGO.-Tony Peña no está seguro de lo que hubiera sido de su vida de no haber encontrado la oportunidad de jugar la pelota profesional en los Estados Unidos.

Tal vez un ingeniero, peón en una plantación de guineos en la Línea Noroeste; con suerte, profesor o soldado; pero la firma para el beisbol organizado en 1975 le cambió la vida.

César Gerónimo (Cesarín), estudiaba en el seminario Santo Tomás de Aquino con la aspiración de ser sacerdote. Salió de allí y terminaba el bachillerato en su pueblo, Santa Cruz de El Seibo, y todavía, más de 50 años después, no sabe lo que hubiera sido de su vida de no haber sido firmado para jugar en el besibol organizado de los Estados Unidos. Le gustaba la literatura y escribía poemas. Tal vez escritor.

Tony Peña fue un catcher excepcional. Apostó todo al beisbol.

La de Tony Peña y la de Cesarín Gerónimo son historias separadas por una generación y por la geografía; uno del Este, que firmó en 1967, y el otro de Montecristi, en el noroeste del país, en 1975.

Ambas experiencias, sin embargo, permiten ilustrar lo que ha significado la pelota, deporte y pasatiempo nacional, como escalera a través de la que han logrado subir en la torre social dominicana centenares de miles de otros jóvenes desde los años 60 del siglo pasado.
Una cifra respetable

A mediados de agosto pasado la prensa informaba que en esta temporada atípica han sido registrados los dominicanos 800 y 801 que han desarrollado su talento en el beisbol de los Estados Unidos hasta llegar a las Grandes Ligas.

Se trata de Lewin Díaz, el número 800, y Jesús Sánchez, el 801. El primero fue Osvaldo Virgil (Orégano), al final de la temporada de 1956, un debut tardío para el talento dominicano en un deporte que se practica desde principios del siglo XX, y acaso antes.

De acuerdo con una nota del periodista Nathanael Pérez Neró publicada en Diario Libre el 18 de agosto, página 21, antes de que llegara el primer dominicano, en el 56, lo habían logrado Cuba y Canadá en 1876, México en 1933, Venezuela en 1939 y Puerto Rico en 1942. Según su reporte, es Venezuela hoy día el país que más se le acerca con 416 grandes ligas (big leaguers).

Para cada uno de los que han llegado a este nivel del beisbol profesional de los Estados Unidos, y para muchos otros de los que se han quedado en el camino, la pelota profesional ha sido la solución y la transformación de su vida.

Pero también lo ha sido para amigos, primos, hermanos o relacionados a quienes les han metido la mano para que salgan adelante en infinidad de iniciativas.

También ha representado una oportunidad para profesionales que les han dado servicio o asesorías en campos variados como el derecho, la administración o la contabilidad.

Trabajo y dinero

Las oportunidades de realización social y humana a través de este pasatiempo cuestan trabajo y dedicación en un ambiente que no siempre es amigable. A muchos de los que han llegado se les ha oído decir que el paso por las ligas menores implica una vida de perro callejero. Cesarín está de acuerdo.

Hay que trabajar muy duro, dice, y saca de su memoria los viajes de hasta 14 horas en guaguas sin el grado de confort que fuera deseable.

Esas cosas, según sus palabras, han mejorado hoy día, junto con el dinero, que, desde el bono al firmar hasta el salario más bajo en las grandes ligas, alcanzan cifras astronómicas para lo que era en los tiempos que jugaba para La Gran Maquinaria Roja (Rojos de Cincinnati), equipo con el que fue a tres series mundiales que les permitieron dos anillos de campeón.

Acaso lo que mejor describe la inseguridad material en la que vive la mayoría de los jóvenes dominicanos que abraza el béisbol como profesión es la primera inversión que hacen muchos de ellos cuando se juntan con el dinero: hacerle una casa confortable a su madre.

De trabajo y dinero están hechos los peldaños de la escalera social para un pelotero, pero ninguno de los dos le asegura el éxito a nadie.

A partir del trabajo se madura el talento y con el desarrollo llega el dinero, que se gana a partir del paso a las grandes ligas si el deportista consigue mantenerse o evadir las tentaciones.

La perdición

Cierto, sin haber llegado a las Grandes Ligas como jugadores, muchos otros dominicanos han hecho carrera en el béisbol organizado. Manny Acta es un caso, Luis Rojas, otro. Los dos han llegado en rol de dirigentes, lo que deja ver que se han mantenido trabajando duro en otros niveles del béisbol.

Otros, en cambio, se han perdido. Cesarín lamenta el recuerdo de varios compañeros de equipos menores que hicieron amistades negativas, que fueron ganados por el vicio y terminaron en un submundo que les costó la vida a algunos de ellos.

Tony habla de los riesgos que representa el talento en el joven inclinado a envanecerse. Esto lo lleva a trabajar poco y ocurre que, sin la pulidora del trabajo diario, el talento no lleva a ninguna parte, afirma. De acuerdo con Tony, la fama y la fortuna también pueden llevar a ciertos deportistas a la perdición.

“Surgimos de la nada, venimos de familias pobres e inmediatamente, de tener nada, nos convertimos en millonarios y no sabemos cómo manejar la fama y la fortuna”, señala.

Además del origen pobre y el bajo nivel educativo, conspira contra el recién ascendido el hecho de que una vez en el negocio del beisbol no puede hacer otra cosa, como podría ser estudiar y aprender a interpretar un estado de cuentas.

Esto, según Peña, es una brecha por la que se pierde gente a la que su talento le permite ganar buen dinero.

“El comportamiento tiene mucho que ver ahora mismo con los casos de los esteroides y otras sustancias prohibidas, que pueden marcar a una persona”, afirma Peña. La generación de Cesarín no los conoció.

El jefe indio

Es el más conocido y destacado de los peloteros seibanos. Fue firmado en 1967 para los Yanquis de Nueva York por un cazatalentos puertorriqueño en un tiempo en el que lo mejor que hacía era jugar al softbol.

Firmó como lanzador y como outfielder, trabajó una vez en rol de pitcher y al día siguiente no encontraba qué hacer con su brazo; desde entonces se negó rotundamente a lanzar una pelota.

En 1969 llegó a las mayores con los Astros y en 1972 estaba con los Rojos de Cincinnati, equipo del que formó parte durante 9 temporadas y se calzó dos anillos de campeón. Ganó 4 guantes de oro.

El versátil

La última gran hazaña de Tony fue el campeonato invicto en el Clásico Mundial del año 2013. Firmó en 1975 con los Piratas de Pittsburgh y llegó a las Mayores en 1980.

En 1987 fue canjeado a los Cardenales de San Luis, equipo con el que jugó tres temporadas y tres a continuación con los Medias Rojas de Boston, dos con los Indios de Cleveland y una temporada compartida con los Medias Blancas de Chicago y los Astros de Houston en 1997.

Tras su retiro trabajó como mánayer con los Reales de Kansas City (2002-2005) y como coach con los yanquis. Jugó en el país con las Águilas y las dirigió.